lunes, 4 de enero de 2010

Misssteeeeeerioooo

A continuación (y fuera de programa… ¡qué grande Les Luthiers!) degustarán un viejo misterio resuelto por quien les escribe. Y luego, la explicación de porqué vale la pena comprar un CD original y no piratearlos.

Mientras tomo mate, mientras escucho la radio, mientras mi hermano se baña y me deja a cargo la futura cena que se está descongelando y que deberé dar vuelta una vez cumplidos diez minutos, mientras todo eso pasa en un radio de tres metros a mi alrededor, yo, mientras, escribo.

No es escribir por escribir. Develaré hoy, mientras escribo, la historia que hemos denominado “el misterio de la tapita de la mayonesa”. (Mientras tanto, todo lo que pasaba, sigue pasando).

La historia sucedió en un departamento de la ciudad de Capital Federal… (pasaron los diez minutos y debo dar vuelta la cena para que se siga descongelando…listo, prosigo)… sólo por evitar que un futuro se lo mencione como embrujado o satánico (remember Jimmy Page) no daré el nombre del dueño del apartamento, ni su dirección, ni dato alguno.

Comenzó cuando la claridad del día había desaparecido, mientras se acercaba una tormenta que haría caer agua, cosa que no todas, repito, no todas, no todas las tormentas llegan a lograr. Retomo. Mientras eso sucedía, me proponía cenar con 2 personas de Chacabuco, previa espera a la cocción del alimento que deglutiríamos.

Bárbaro. Mientras tanto, mirábamos el partido de Estados Unidos ante Provincias Unidas del Río de la Plata. (“Me quedo aquí”, que bueno Gustavo Cerati mientras escribo). Una vez llegado el momento de cenar, se cenó. Nada extraño. Hasta ese momento, todo en los carriles normales (terminaron los diez minutos de descongelamiento… ¿instrucciones? No hacer nada) de lo correcto. Mientras, mirábamos el programa de Macaya Márquez. Una vez finalizado éste, nos propusimos levantar la mesa. No en el sentido literal, sino en el significado de recoger aquello que estaba encima de la misma para limpiar ésta, y en el caso de que lo que habíamos tomado de la tabla apoyada en cuatro patas estuviese sucio, limpiarlo también.

He aquí el principio del misterio. (Mientras tanto, todo lo que pasaba al comienzo de la redacción ya no pasa, porque mi hermano terminó de bañarse y ya se ocupa él de la cena.) Cuando me disponía a llevar el jugo y la mayonesa a la heladera, me encontré con la sorpresa, inicial sorpresa, de que el jugo tenía tapa pero la mayonesa no.

Mientras las otras dos personas no me ayudaban a buscar lo que no estaba en su lugar, yo trataba de encontrar lo que le faltaba a la mayonesa para poder guardarla de una buena vez y retirarme a lavar los platos. (Mientras, Charly García: “Nos siguen pegando abajo”, que buena música pasa Gillespi.)

He aquí, he aquí, he aquí cuando me corrijo al decir que el hecho de que faltase la tapita de la mayonesa fuese una sorpresa y comencé a hilvanar la hipótesis del misterio. Es que, mientras las otras dos personas seguían sin ayudarme a buscarla y se burlaban de mi fracaso al intentar encontrarla, yo persistía en mi empresa y afirmaba, a cada instante que pasaba, un poco más mi hipótesis, a esta altura, casi teoría con futuro de ley: “Cada tapita de mayonesa que no esté cumpliendo su función vital, es decir, tapando el orificio por el que sacamos la mayonesa de su envase, desaparecerá instantáneamente en cualquier momento en que dejemos de prestarle atención, para evitar que la hallemos y lograr su objetivo primordial de desaparecer sin dejar rastros.”

Logré, finalmente y con un alto nivel de orgullo, retirarme de la búsqueda sin sentirme frustrado. Lo digerí de la mejor manera y me fui a ordenar la cocina, ya que como era tarde no me daban los tiempos para lavar los platos porque al día siguiente debía cursar sin falta, porque ya no me quedan faltas para los lunes. Entonces, me retiré a soñar con mi “hipótesis-teoría-ley”. Sin embargo, sin embargo, repito nuevamente, sin embargo, cuando estaba saludando a las personas con las que había cenado y a las cuales iba a abandonar para marcharme a dormir, el misterio quedó resuelto. Sí. Resolví el “misterio de la tapita de la mayonesa” y rompí la “hipótesis-teoría-ley” que dice que: “Cada tapita de mayonesa que no esté cumpliendo su función vital, es decir, tapando el orificio por el que sacamos la mayonesa de su envase, desaparecerá instantáneamente en cualquier momento en que dejemos de prestarle atención, para evitar que la hallemos y lograr su objetivo primordial de desaparecer sin dejar rastro”. De esta manera, tengo el derecho de considerarme una excepción a la regla, ya que conseguí resolver el problema cuya solución se desconoce.

Por supuesto, acepto y reconozco que sucedió de casualidad. La tapita de la mayonesa había logrado escapar de alguna manera inexplicable para mi mente, lejos de donde yo la había estaba buscando. Fue así como, al girar mi cabeza para ver la cocina por última vez, como quien se despide con una mirada sin emitir palabra alguna, redescubrí una cubetera vacía que estaba dada vuelta… (mientras, me surgió una nueva duda, ¿cómo saber si una cubetera está dada vuelta si, pase lo que pase, su contenido al estar congelado no se saldrá de su lugar? Pero me di cuenta en seguida de que mi cabeza no podría resolver esto de manera inmediata, así que abandoné el complejo drama que había comenzado en mi interior.)… y me fijé debajo, y sí. Estaba ahí. Tenía que estar ahí. No podía decir todo lo que dije y que no estuviese allí. Tanta explicación… bueno, no importa.

Resolví el misterio de dónde estaba, pero me inquieta más el misterio de no saber como una cosa inviviente (entiéndase “sin vida”) llegó hasta ese lugar. La cosa es que…

Saludos.

…Buen Viaje…

No es una canción, es un texto perteneciente a la cultura gráfica (o “librito”) de un CD.

En lo negro de la nada nació el fuego.

Del fuego se desprendió una llama,

que alejada por el viento formó el sol.

El sol lo iluminó todo,

creando el cielo.

El cielo, cuando la primera noche,

pensó que el sol ya no volvería,

y temblando de miedo en la oscuridad,

lloró.

Y así se formaron las aguas.

Cielo azul sobre nosotros.

Antes y hoy. Desarmándose. Cayendo sobre nuestras cabezas, y volviéndose

a armar. Va a estar hasta el último de nuestros días. Y también después.

Somos parte suya. En él estamos. De allí venimos. Es un pañuelo para

nuestras lágrimas, y hacia él miramos cuando es demasiada la alegría.

Cielo azul infinito.

El que está preso, sin rejas desea volver a verte; por eso el descanso tiene

ruta, mar; montañas, ríos, pero sobre todo, cielo.

Las ciudades son violentos hormigueros repletos de humo y rascatapacielos, en

el fondo de sus arterias oscuras los hombres se aplastan unos a otros, y no se

reconocen, a pesar de verse millones de veces repetidos. Pero cuando el

celeste deja verse un poco, el pecho ya comienza a crecer, y el hombre a

reencontrarse consigo mismo.

Botes bailando un valsecito muy lento entre las nubes. Morada preferida de

los dioses y de los muertos. Lienzo de la luna, oscura base rítmica que

elige notas graves para que brille mejor la voz de las estrellas. Profundo

misterio.

Los más grandes hombres y los más pequeños, los de todas las épocas, todos

los animales del África, todas las cabras del Asia, los dinosaurios y los

mosquitos han mirado el mismo cielo. Si los jefes de la tribu hubieran dedicado

más de una noche a observarte, algunas más que aquella en que te confesaron

en un ruego sus ambiciones, seguro que hoy la noche habría sido más clara.


Si azul es el misterio más

profundo,

azules son las almas.

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